LA ESPERA

En esta sala hay paredes dibujadas para niños, unas cuantas sillas (cada unas de un color) y varios padres y madres.

La tristeza, el cansancio y la poca esperanza se dibuja en cada mirada, en cada rostro y en cada cuerpo. Cada uno tiene su historia, sus dolencias y sus dificultades pero nos une el amor y adoración a un hijo que está detrás de esas puertas verdes que van y vienen. Se llevan a nuestros hijos y nos traen toda esa angustia que es vivir sin saber si nuestros hijos nos van a sobrevivir... si van a vivir lo suficiente para crecer tan grande como papi, para saltar hasta el cielo, para correr más rápido que un tren, para gritar más fuerte que el viento...

Son pequeños, la mayor parte de ellos, pero ya han vivido el dolor a lo grande... ¡Mucho más que nosotros! Les han pinchado, les han operado, les han hecho pruebas dolorosas y angustiosas, les han dejado en ayunas horas y horas, les han dejado sin su muñeco favorito, sin su chupete y sin sus compañeros de juegos, les han inflado a medicinas, les han puesto máquinas, aparatos y multitud de cables, les han dado malas noticias... les han hecho sufrir. Pero cuando se han recuperado, un poquito solamente y casi sin poder hablar todavía por el dolor y ronquera que les ha provocado el tubo que les ayudaba a respirar, han pedido agua, han dicho mamá y papá, han estirado sus bracitos diminutos y sus deditos enanos para cogerte, te han pedido su bibi y su pan, han exigido que llamaras a su tata... y te han sonreído ¡Y qué bonita es esa sonrisa! Te da aliento, te da fuerza, te levanta del suelo, te hace lavarte la cara y decir

"¡Aquí estoy amor mío y si tú puedes, yo también!"


Tu mamá, Mateo

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